
Cuando se prende la Cruz del Ávila vuelve Pacheco. Por Oscar Yanes

- ¡Llegó Pacheco! - le musitaba el marido a la esposa en el oído y los dos desaparecían dentro de la cobija en la cama de la madrugada caraqueña.
- Carrizo, ¡Pacheco está fuerte! - gritaba el repartidor de pan frotándose las manos, cuando venía con su carrizo por la avenida La Paz.
- Mi amor, Pacheco nos va a matar… - susurraba la novia al novio, cuando agarrados de las manos los dos, apurruñados y con un par de patines de cuatro ruedas cada uno, se lanzaban por la bajada de la Puerta de Caracas.
- Margaritas, rosas y gladiolas - anunciaba Pacheco a las cinco de la mañana cuando descendía del cerro El Ávila por Cotiza. Pacheco llevaba también claveles de Galipán.

Para todos los caraqueños del norte, del sur, del este y el oeste, Pacheco era el heraldo del frío, de la Navidad, de las fiestas de diciembre con arepitas de anís abombaditas; con aguinaldos, con Misa de Gallo, con patinadores y parrandas de furrucos.
Pacheco, bajaba siempre desde Galipán el primero de diciembre. Para los caraqueños no había frío ni Pascua, sin la presencia del campesino del burrito con flores. El comienzo de la Navidad lo fijaba Pacheco y “estaba como un clavo” (así decían antes) cada primero de diciembre entrando por donde hoy está la esquina de San Luis, en San José.

Y un ingeniero nacido en Estados Unidos, pero más criollo que el pan de hallaquita, escuchó en su corazón una noche, cuando contemplaba El Ávila desde la azotea de su casa en El Rosal, el Pregón de Pacheco, y para perpetuarlo y señalar la fiesta del Niño Dios lanzó su propio grito mientras veía El Ávila, el mismo cerro que los indios llamaban Guaraira Repano: “Hágase la luz” y la luz se convirtió en una gran Cruz que iluminó el valle.
Ottomar Pfersdorff, el creador de la Cruz del Ávila, “perpetuó con la luz la llegada de Pacheco”.
