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El desterrado conde, que en Venezuela era conocido como "El conde de Mestiati", llegó al país en 1897 como encargado de una misión de emigración agrícola propiciada bajo el gobierno del general Joaquín Crespo, pero fracasada ésta se dedica a la agricultura hasta que en el año 1928 o 29, casi al final de su vida, y en el gobierno de Gómez, se le asignó un cargo en el Ministerio de Obras Públicas.

Mestiati llegó a las campiñas de Petare y compró una antigua hacienda  de café de nombre “San Rafael”, en las faldas del Ávila, al sur del Pico Naiguatá y al este del topo o estribo Arvelo, que pertenecía al petareño Rosendo Antonio Arvelo. Aunque la casa de hacienda, el repartimiento y los patios estaban destruidos, el Conde los reconstruyó y limpió los cafetos.

La crisis del café

El lugar era súper acogedor para Mestiati debido al maravilloso clima frío y seco, la exuberante fertilidad de la tierra y el panorama que abarcaba desde la estribación donde estaba ubicada como un balcón al vacío, toda la llanura que se extendía desde Petare hasta Catia en un paisaje multicolor de infinito. En su hacienda, exhibía la más bella colección de helechos de que se tiene noticias en Caracas y sus alrededores, cultivados por él mismo. 

El dinero que le daba el cultivo del café, más lo que recibía de Italia por concepto de su nobleza, le era suficiente para jugar una buena parte en el club Concordia y en otros sitios.

Sin embargo, la dura competencia de Brasil en cuanto al cultivo del café, llevó a Mestiati a tomar como determinación el anexo de conucos. Animado por la asombrosa fertilidad del suelo, comenzó la tala y la quema de enormes extensiones entre la quebrada Caurimare y Galindo, dedicadas a la siembra de papas y cebolla, lo que le daría suntuosas ganancias.

Los petareños le atribuyeron con razón la merma y contaminación de las aguas que bebía el pueblo. En ese entonces (alrededor de 1911) estaba entrando a regir en el estado Miranda, la Ley de Bosques y Aguas, y al Conde se le prohibió quemar más el Ávila, aun siquiera un rastrojo, bajo pena de multas que corrían desde 100 hasta 500 bolívares.

Además de esto, las autoridades le exigían que dejara una franja de vegetación de 50 metros a los lados de los cursos de agua que abastecen al pueblo y  una franja de arbolado de 50 metros tanto en la parte superior (cerca de las cabeceras) hasta la inferior (donde el río alcanza el valle). Pero Mestiati, sin embargo, prefería pagar cada año la multa de 400 o 500 bolívares, pues lo compensaba con creces con la venta de sus cultivos, en particular de la papa, que se consideraba de calidad.

Los humitos se repetían constantemente en el cerro “Arvelo”, por lo que Mestiati era multado por el Jefe Civil de Petare, quien le imponía multas de hasta 500 bolívares, pero luego este seguía cosechando más y mejor. Así fue haciéndose costumbre. El Jefe Civil empezó a ver con agrado los humitos en el cerro, pues estas multas no iban a parar a las rentas municipales, sino directamente a su bolsillo.

En cierta ocasión, Mestiati fue detenido pero no tenía dinero con qué pagar la multa. Uno de sus amigos y protector, Alberto Boccardo, lo ayudó y le reprochó que permitiera al Jefe Civil multarlo tan frecuentemente a lo que el conde le respondió: “Yo pago al año dos mil bolívares en multas, pero cobro de veinte a treinta mil por la venta de cebollas. Yo muy allegrato y el jefe civil molto animato”. Esta una de las imágenes que ha quedado del singular Conde. 

Se dice que su mansión estaba bien amoblada con cortinas y alfombras, con cuadros y pinturas célebres, y fue durante mucho tiempo paso obligado para los primeros jóvenes excursionistas que subían al Pico Naiguatá.

Mestiati en Venezuela 
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